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Relato Erótico: Rosa prueba el Spanking

Relato Erótico: Rosa prueba el Spanking

Si conocieras a Rosa, pensar√≠as que es un modelo de mujer privilegiada y exitosa del siglo XXI. Nacida y criada en un pueblo de Barcelona, educada en escuela privada, universidad de √©lite, amigos bien conectados. Ahora, todav√≠a en sus treintas, estaba bien establecida como una estrella en ascenso en un bufete de abogados de la ciudad. Fusiones y adquisiciones, viajes globales, atenci√≥n m√©dica privada, membres√≠a en un gimnasio, un piso en la parte alta de su pueblo, un novio estable que hab√≠a conocido en la facultad de derecho con un trabajo igualmente bien remunerado. Su mundo estaba ordenado y civilizado. Llevaba ropa elegante de dise√Īador para trabajar y ropa de gimnasio cara cuando hac√≠a ejercicio. Fue a restaurantes caros, conciertos, teatros… Sus amigos eran todos personas sofisticadas. Ninguno de sus colegas masculinos, sea lo que sea que est√©n pensando, so√Īar√≠a con hacer un comentario abiertamente sexista, darle palmaditas en el trasero, y mucho menos manipularla. Esas cosas simplemente no sucedieron en esa etapa.

 

 

 

Entonces, ¬Ņqu√© estaba haciendo, una fr√≠a tarde de s√°bado, caminando por un concurrido centro de Bacelona para su cita de las 2 pm con el maestro Gabriel para que le azotaran el trasero? ¬ŅQu√© demonios, de verdad?

Su coraz√≥n lat√≠a con fuerza, su boca seca mientras se concentraba en los n√ļmeros de los edificios. 275 … 277 … finalmente, 279, lo ten√≠a. Una puerta negra inocua, sin placa de identificaci√≥n. Eso le sentaba bien. No quer√≠a que nadie, ni siquiera un extra√Īo, supiera lo que estaba haciendo. Echando un vistazo por √ļltima vez a un lado ya otro de la calle, paranoica que pudiera ser vista por alguien que conoc√≠a, presion√≥ el timbre, dio su nombre, la puerta hizo clic y la abri√≥.

Una vez dentro, se encontr√≥ con un vest√≠bulo inofensivo, una escalera alfombrada con algunas macetas. No hay nadie. Maestro Gabriel – ¬Ņqu√© era? ¬ŅOficina? ¬ŅEstudio? ¬ŅSal√≥n? Estaba en el sexto piso, as√≠ que tom√≥ el ascensor. Su coraz√≥n dio un salto cuando entr√≥ y se encontr√≥ con una pareja joven y sonriente, m√°s o menos de su edad. Se dirigieron al asesor financiero en el cuarto piso. “¬ŅQu√© n√ļmero?” Dijo el hombre inofensivamente, Rosa jade√≥ por dentro. “Cinco”, minti√≥, tratando desesperadamente de ocultar su creciente verg√ľenza. El hombre sonri√≥, no pod√≠a saberlo, ¬Ņverdad? Un ginec√≥logo, vio en la placa del quinto piso. Oh, bueno, mejor eso que admitir que se dirig√≠a al √ļltimo piso para cumplir con alg√ļn fetiche pervertido por mucho tiempo. La pareja sali√≥ en el cuarto, Rosa en el quinto piso, afortunadamente no hab√≠a nadie. Pas√≥ por delante de la oficina del ginec√≥logo y vio una puerta al final del rellano marcada como sexto piso. Lo empuj√≥ e inmediatamente el tono cambi√≥ del resto del edificio.

Se enfrentó a una escalera estrecha. Las paredes eran de color rojo cereza en lugar de los blancos y grises apagados del resto del edificio, y a cada lado había cuadros enmarcados en blanco y negro de alta resolución al estilo de Helmut Newton, de atractivas mujeres jóvenes en posiciones sugerentes: una inclinada y tocándose los tobillos, la cabeza gacha, la falda levantada y las nalgas al descubierto esperando la aplicación de un bastón. Otra vestida con un pastiche cachondo de ropa de oficina, minifalda ajustada y blusa con volantes, se inclinó sobre la rodilla de su jefe y recibió un fuerte azote. Una tercera de pie completamente desnuda, de cara a una pared, con las manos en la cabeza y las piernas ligeramente separadas, dejando al descubierto las nalgas recién enrojecidas.

La mente bien sintonizada de Rosa, el lado racional de su cerebro, le decía que esto era obsceno. Una mujer moderna, educada, del siglo XXI, que asumió como derecho de nacimiento la igualdad absoluta con todos los que la rodeaban. Pero su subconsciente más profundo la había llevado hacia esto. Una acumulación de eventos había despertado su curiosidad: una lección de arte de nivel A con un fresco etrusco de una mujer flagelada, la confesión borracha a altas horas de la noche de una amiga que confesó que su novio la había azotado y que ella lo disfrutó, varios artículos en Cosmopolitan y otros. La web. No puedo pasar toda mi vida sin saberlo, pensó. Ella entraría, lo seguiría adelante, y eso sería todo. Curiosidad satisfecha. Probablemente encuentre que fue una experiencia sórdida y decepcionante de todos modos.

Lleg√≥ a lo alto de las escaleras y se encontr√≥ frente a un escritorio negro, detr√°s del cual hab√≠a una mujer de mediana edad con un traje gris formal, el cabello recogido en un mo√Īo, con aspecto de recepcionista en un hotel antiguo.

“Estoy aqu√≠ para mi cita de las dos en punto”, dijo Rosa, habiendo reunido toda la calma que pudo controlar, como si fuera una experta en este tipo de cosas y un poco de azotes fuera una actividad perfectamente normal del s√°bado por la tarde, despu√©s de las compras y antes de las copas por la noche.

“Ya veo”, dijo la recepcionista, hojeando un √≠ndice de tarjetas de aspecto extra√Īamente anacr√≥nico, “con el Maestro Gabriel”.

“S√≠” dijo Rosa en voz baja, involuntariamente, pod√≠a sentir su cabeza inclinada. Poco sab√≠a Rosa que el Maestro Gabriel era el √ļnico azotador que operaba desde estas instalaciones. La recepcionista era un amigo suyo a quien contrat√≥ para agregar al ritual y la verg√ľenza de las damas que ven√≠an de visita.

Rosa hab√≠a realizado una extensa investigaci√≥n sobre las opciones disponibles para una joven en Barcelona que buscaba cumplir sus fantas√≠as secretas y pervertidas. Era escrupulosa para evitar cualquier cosa peligrosa, hombres poco fiables que pudieran causarle da√Īo y no respetar√≠an las cosas que sab√≠a sobre la sesi√≥n, palabras de seguridad y cosas por el estilo. La p√°gina web del maestro Gabriel suger√≠a que era un azotador guapo, experimentado en su oficio y presentaba cr√≠ticas positivas de una variedad de mujeres que hab√≠an utilizado sus servicios en el pasado. Parec√≠a un hombre en el que pod√≠a confiar para ofrecer esta experiencia.

“Trescientos Euros, por favor.”

No queriendo que este pago apareciera en su extracto bancario, sacó billetes de su bolso y las puso sobre el escritorio. El lado racional de su cerebro se activó de nuevo. Esto es ridículo, pensó. Yo, de todas las personas, pagando a un pervertido para que me azote el trasero. Pensó en los colegas masculinos de su oficina, especialmente en el guapo socio principal. Si supieran lo que quería, con mucho gusto me pagarían varias veces esta cantidad por el privilegio, reflexionó con pesar. Pero también supo por su trabajo, que si querías el mejor servicio tenías que estar preparado para pagarle a un profesional de punta para brindarlo.

“Entra Rosa”, dijo la recepcionista. ¬ŅRosa detect√≥ una sonrisa imperceptible en sus labios y la sugerencia de una ceja levantada cuando entr√≥?

Empuj√≥ la puerta que dec√≠a ‘Estudio del Maestro Gabriel’ y fue recibida por un hombre elegantemente vestido con un traje oscuro y camisa blanca, como el de las fotos en la escalera en el camino hacia arriba. Su estudio era de tama√Īo modesto y parec√≠a bastante minimalista. Despu√©s de ver la apariencia del Maestro Gabriel, √©l estuvo a la altura de la promesa de las im√°genes en su sitio web, Rosa mir√≥ los muebles, que eran una mezcla variada. Un sof√° marr√≥n en un lado de la habitaci√≥n, con un taburete bajo de madera enfrente. Junto a √©l, un banco bajo de cuero negro, al otro lado una silla sin brazos con un asiento negro. Rosa lo registr√≥ como un Mart Starm, lo fetichiz√≥ un poco mientras contemplaba la posibilidad de tomar sus nalgadas por un dise√Īo cl√°sico de la Bauhaus de la d√©cada de 1930 en lugar de algo barato de Homebase o Ikea.

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“Buenas tardes Rosa”, dijo el Maestro Gabriel con calma en una voz baja y educada con el tono tranquilizador de un m√©dico o un veterinario. “As√≠ que has venido a buscar lo que necesitas”. La altivez de Rosa en la recepci√≥n hab√≠a retrocedido un poco. A ella le gust√≥ lo que vio. El maestro Gabriel era ciertamente guapo, cuarenta y tantos con cabello oscuro, canas en las sienes. Su cuerpo estaba claramente en buena forma debajo de ese traje bien cortado.

“Supongo que s√≠”, dijo Rosa, con el coraz√≥n en la boca.

“Establezcamos algunas reglas b√°sicas”, dijo el Maestro Gabriel con calma, pero con firmeza. Has aceptado venir aqu√≠ para recibir una paliza. Para esto seguir√°s mis mandatos sin dudarlo. Recibir√°s azotes sobre tu ropa, bragas y trasero desnudo. Se referir√° a m√≠ como “Se√Īor” en todo momento. Si olvida esto, recibir√° una disciplina adicional que se har√° evidente. Nada de sexo. ¬ŅMe entiendes hasta ahora? “

“S√≠ … se√Īor” tembl√≥ Rosa. Interpretar el papel de un azotador sumiso era completamente nuevo para ella.

Su sesión aquí, por supuesto, seguirá siendo estrictamente confidencial. Ninguno de sus amigos, colegas o familiares lo sabrá jamás. Si desea detenerse en cualquier momento, use su palabra de seguridad preferida y lo detendré de inmediato. Está claro.

“S√≠”, murmur√≥ Rosa,

“S√≠…?” respondi√≥ el Maestro Gabriel, inquisitivamente

“S√≠ se√Īor”, dijo Rosa abruptamente, recordando la orden.

“Esa es tu primera transgresi√≥n, ser√°s castigada por eso m√°s tarde. Ahora, ¬Ņcu√°l es tu palabra segura preferida? Debe ser breve, clara, pero no ” detente “, las mujeres cuando las azoto a menudo dicen detenerse cuando realmente no lo dicen en serio.

“Rojo, se√Īor”, respondi√≥ Rosa. Sab√≠a de las palabras seguras por su lectura de Cincuenta sombras de Grey y varios art√≠culos de Cosmopolitan. No era una elecci√≥n original, lo sab√≠a, pero algo esot√©rico le resultaba demasiado inc√≥modo.

El Maestro Gabriel sonrió a medias.

“Bien”, dijo, “dime Rosa, ¬Ņtienes m√°s preguntas antes de comenzar?”

“No se√Īor”, dijo Rosa.

“Bien”, dijo el Maestro Gabriel con calma, “comencemos. Primero qu√≠tese el abrigo”.

Temblando un poco, Rosa se quitó el abrigo de lana oscura que llevaba y se lo entregó al maestro Gabriel. Debajo llevaba una blusa, un jersey liso de merino, una falda que le llegaba justo por encima de la rodilla, medias y zapatos negros lisos. Desde que había concertado su cita con el maestro Gabriel, estaba preocupada por cómo vestirse para esta experiencia, y esta era la mejor aproximación al atuendo de un spankee que se le ocurrió sin parecer demasiado llamativo en el tubo.

El Maestro Gabriel colg√≥ el abrigo de Rosa en el gancho de la puerta y se√Īal√≥ el taburete al otro lado de la habitaci√≥n.

“Ve y si√©ntate en el taburete”, dijo, completamente tranquilo, con una voz profunda y firme.

Rosa se acercó mansamente al taburete e hizo lo que le dijeron.

“Pon tus manos detr√°s de tu espalda”

Rosa así lo hizo.

“Dime Rosa, exactamente c√≥mo te sientes ahora mismo.”

“Nerviosa, se√Īor”, respondi√≥ Rosa.

“¬ŅAlgo m√°s?”

“Un poco rid√≠cula, se√Īor”. Rosa sinti√≥ que sus mejillas se enrojec√≠an mientras se sentaba en el taburete, que era peque√Īo y requer√≠a un esfuerzo concertado para no caerse. Fue casi c√≥mico. Una azotaina, hab√≠a esperado y estaba preparada para ella, pero no este ritual preliminar que la desorientaba.

“Puede que te sientas rid√≠cula”, respondi√≥ el Maestro Gabriel. “Pero considera esto Rosa, he sido indulgente contigo en esta presentaci√≥n. Todav√≠a est√°s completamente vestida. Tu modestia est√° completamente protegida. ¬ŅC√≥mo te sentir√≠as si no estuvieras usando tu ropa?”

Rosa torci√≥ los labios al contemplar esta perspectiva. “Peor …” respondi√≥ ella.

“Peor, Se√Īor” dijo el Maestro Gabriel, alzando levemente la voz, “son dos transgresiones ahora Rosa, cr√©eme que ser√°s castigada por estas faltas”.

“¬ŅC√≥mo te sentir√≠as Rosa …” continu√≥, “si estuvieras sin tus bragas. O incluso …” hizo una pausa, “completamente desnuda”?

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Rosa jadeó. Nunca se había acostumbrado a considerar su cuerpo de esa forma. Por supuesto, había estado desnuda en la cama con su novio, pero eso, si no exactamente furtivo, fue una experiencia bastante funcional. El sexo vainilla no estuvo exento de sensaciones eróticas, pero fue privado, informal y acogedor. Rosa nunca en toda su vida había sido exhibida así, con su cuerpo, su ropa, su modestia hablada explícitamente y fetichizada de esta manera.

Pero, por supuesto, esto es exactamente lo que ten√≠a curiosidad por experimentar. Cuando sinti√≥ que sus mejillas se sonrojaban de verg√ľenza, tambi√©n sinti√≥ que su entrepierna comenzaba a humedecerse.

“Me sentir√≠a expuesta, se√Īor”. Rosa dijo en voz baja:

“Habla alto,”

“Expuesta se√Īor, puesta en exhibici√≥n”. Rosa respondi√≥ con un poco m√°s de asertividad.

“Bien. Ahora Rosa, dime exactamente por qu√© has venido aqu√≠.”

“Quiero que me peguen se√Īor.” Por primera vez en su vida, expresaba en voz alta un deseo a este hombre, en quien confiaba plenamente. Si tan solo sus amigas sofisticadas, feministas y civilizadas hasta la m√©dula, pudieran ver esto.

“¬ŅY por qu√© una joven como t√ļ viene a un lugar como este para recibir una nalgada?”.

“Quiero experimentar lo que es, se√Īor”, dijo Rosa, sintiendo que se estaba alejando m√°s de su estado normal y entrando en una mentalidad de ni√Īa sumisa.

El Maestro Gabriel camin√≥ tranquilamente hacia la silla Mart Starm en el otro lado de la habitaci√≥n. Rosa se puso de pie torpemente en el taburete, con las manos detr√°s de la espalda, asimilando los movimientos tranquilos y seguros del Maestro Gabriel que contrastaban completamente con los suyos. Se sinti√≥ aliviada de que fuera algo mayor que ella, de unos cuarenta a√Īos, estim√≥. Sinti√≥ que someterse a alguien de su edad no funcionar√≠a. Pudo ver que llevaba un traje caro y bien cortados y zapatos. Estas cosas tranquilizaron a Rosa. Se sent√≥ lentamente en la silla y se dio unas palmaditas en su musculoso muslo trabajado.

‘Ahora Rosa, b√°jate del taburete y cruza mi regazo’.

Los pasos de Rosa a través de la habitación hacia el Maestro Gabriel, sentado en la silla, parecieron tardar unos minutos. Ella sintió su presencia y su aroma masculino asomándose mientras caminaba hacia él, obedeciendo su orden, y luego se sentó con cuidado sobre su regazo, muy consciente de que no había una forma digna de completar esta acción. Sintió el peso de los musculosos muslos del Maestro Gabriel en su estómago mientras descansaba sobre él, colocando sus manos en el suelo, extendiendo los dedos ligeramente para mantener el equilibrio como si se presentara para presionar hacia arriba.

Respiraba de manera constante mientras se estabilizaba.

“Perfecto”, dijo el Maestro Gabriel. Rosa trin√≥ interiormente que se la present√≥ a su satisfacci√≥n. As√≠ que esto es lo que se siente al asumir el puesto.

El tiempo parecía durar para siempre. Luego sintió la mano firme del Maestro Gabriel en su nalga izquierda, ahuecándola firmemente, sobre su falda, su piel respingona cediendo a su toque, luego la nalga derecha, tragó saliva.

Entonces.

Cuatro palmadas moderadas, dos en cada nalga

“Ow”, exclam√≥ Rosa, indignada por la forma en que pod√≠a sentir su trasero, este lugar m√°s √≠ntimo, cediendo bajo su falda.

“Esto es solo un calentamiento, Rosa”, dijo el Maestro Gabriel, sin cambiar de voz.

Más azotes. Rosa podía sentir la firmeza de sus azotes aumentando, alternando entre cada nalga, con frotamientos ocasionales y masajes en el medio, a través de la tela de su falda. Pero se sintió bien. Tenía razón sobre esta fantasía, la necesitaba. Podía sentir que se soltaba de su yo equilibrado y controlado, sometiéndose y relajándose sobre el regazo de este hombre, entrando en lo que había leído: el subespacio.

Después de unos cincuenta azotes, el maestro Gabriel se detuvo.

“Ponte de pie.” √Čl dijo.

Rosa obedeci√≥. Maldita sea, pens√≥, me estoy excitando con esto. ¬ŅQu√© est√° pasando?

“Pon tus manos sobre tu cabeza”.

Rosa así lo hizo.

“¬ŅC√≥mo te sientes ahora Rosa”.

“Un poco de dolor, se√Īor”, dijo Rosa.

“¬ŅEso es todo?”

“Dolor y …” se atreve a admitirlo … “Dolor y confusi√≥n se√Īor”.

“Hmmmmm” dijo el Maestro Gabriel. “Veo que est√°s metida en esto”.

“Lev√°ntate la falda”.

Rosa así lo hizo. Estaba tentada, en el momento, sin aliento de anticipación por la forma en que el Maestro Gabriel la estaba ordenando.

“M√°s arriba.”

Rosa se levantó la falda por completo hasta que reveló la totalidad de sus piernas, enfundadas en sus medias.

“Ahora qu√≠tatela y p√°samela”.

Rosa desenganchó el broche de la cintura, se quitó la falda tentativamente y se la entregó.

“Qu√≠tate los zapatos.”

Rosa pudo ver que esto ser√≠a dif√≠cil. “Me … caer√© del taburete se√Īor.”

“Conc√©ntrate y te las arreglar√°s”.

Con dificultad, concentr√°ndose en cada movimiento, Rosa mantuvo el equilibrio, como un delicado flamenco, apoy√°ndose en una pierna y luego en la otra, mientras se quitaba los zapatos.

‚ÄĒP√°same los zapatos. Rosa se los entreg√≥ d√≥cilmente.

“Ahora qu√≠tate las medias”.

Rosa aplicó sus manos a su cintura y lentamente bajó sus medias por sus piernas, quitándolas sobre sus pies mientras el Maestro Gabriel seguía sosteniendo el dobladillo de su falda.

“P√°same tus medias.” Cuando el Maestro Gabriel dijo esto, Rosa pudo sentir su mirada en su √°rea de la entrepierna cada vez m√°s visible. “Mi ahora, eso es, digamos, un par de bragas utilitarias”.

De hecho lo eran. Para este cruce del Rubic√≥n en su vida sexual, presentando su trasero a un extra√Īo para que le diera una nalgada, Rosa hab√≠a pensado m√°s en qu√© bragas ser√≠an apropiadas que cualquier otra parte de su atuendo. Este fue realmente una salida fuera de su zona de confort. Estaba acostumbrada a prestar atenci√≥n a la ropa exterior (trajes Jigsaw, chaquetas Ted Baker) adecuada para su vida profesional. No la ropa interior, que hasta ese momento se hab√≠a mantenido funcional. A su novio le hubiera gustado que ella se pusiera algo m√°s laxo, m√°s sexy, pero era demasiado educado y reservado para decirlo.

Hab√≠a considerado una variedad de opciones, desde sus bragas negras normales, hasta comprar un par de bragas de colegiala ‘reglamentarias’, hasta un bikini. Ninguno parec√≠a correcto. Al final, hab√≠a optado por un par de bragas deportivas de Calvin Klein de color gris plateado que le llegaban a la altura de las caderas, dejando poco a la imaginaci√≥n, pero cubr√≠an su trasero y su pubis c√≥modamente y los mostraban con buen efecto.

Un beneficio imprevisto, que ahora estaba apreciando, era que estaban hechos de un material absorbente avanzado que absorb√≠a la excitaci√≥n de su co√Īo que comenzaba a brillar.

“Ahora tu su√©ter”.

Rosa lo hizo, sintiendo el crujido de la lana merino mientras se la pasaba por el pelo. Ahora estaba alerta a cada sensación.

“Y tu blusa”.

Rosa tuvo que concentrarse en mantener los dedos mientras se desabrochaba la blusa y se la quitaba para revelar un sost√©n gris liso que cubr√≠a sus pechos peque√Īos pero firmes. Sinti√≥ la piel de gallina cuando le entreg√≥ el √ļltimo art√≠culo al Maestro Gabriel.

Ahora ella estaba de pie frente a él, en solo su ropa interior, con el enrojecimiento de sus nalgas extendiéndose desde debajo de sus bragas por las nalgadas de calentamiento.

El Maestro Gabriel tom√≥ la ropa sin hacer comentarios y la llev√≥ al escritorio, donde la guard√≥ en un caj√≥n, dobl√°ndola con cuidado mientras la gurdaba. La distancia entre Rosa y su ropa acentu√≥ sus sentimientos de vulnerabilidad. No pod√≠a recuperarlas f√°cilmente. ¬ŅQu√© sigue?

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“Vuelve sobre mi regazo”.

Rosa se sinti√≥ asumiendo nuevamente la posici√≥n, ahora protegida solo por su sost√©n y bragas. Sent√≠a que estaba entrando en una zona de sumisi√≥n m√°s profunda que estaba m√°s all√° de sus expectativas de sentido com√ļn.

“Mmmmm, tu trasero se est√° enrojeciendo muy bien”, dijo el Maestro Gabriel. Rosa movi√≥ sus caderas sobre su muslo, escribiendo levemente ante este enfoque repetido en su zona er√≥gena.

Los azotes continuaron. M√°s largo que el primer azote sobre su falda. Setenta y cinco azotes m√°s o menos sobre la fina capa de telara√Īa de sus braguitas. Su trasero se estaba volviendo cada vez m√°s c√°lido. Sinti√≥ su impotencia mientras se tambaleaba y se agitaba ante la mirada del Maestro Gabriel mientras manten√≠a su posici√≥n sobre su rodilla y pod√≠a sentir dolor, calor y excitaci√≥n irradiando hacia afuera a otras partes de su cuerpo.

Finalmente, los azotes cesaron y Rosa sinti√≥ que dos de los dedos del Maestro Gabriel se deslizaban bajo el el√°stico de sus ahora desali√Īados braguitas mientras cruzaban sus nalgas. Ella gimi√≥ levemente. Si hubiera continuado y deslizado sus dedos en su co√Īo, habr√≠a cedido de inmediato. Pero √©l simplemente volvi√≥ a colocar el el√°stico en la parte inferior de sus bragas en su lugar.

“Ahora Rosa, para la pr√≥xima parte de tu castigo recibir√°s m√°s azotes desnudos. Lev√°ntate y qu√≠tate el sost√©n y las bragas”.

Rosa se sinti√≥ sonrojada y excitada como nunca antes. El teatro de este proceso de desvestirse paso a paso la atormentaba. Cu√°ntas miles de veces se hab√≠a quitado la ropa interior como rutina, sin pensarlo, pero ahora estaba completamente concentrada en su creciente desnudez y exposici√≥n. El uso de la palabra “bragas” la hizo sentir tonta, sobresexualizada, femenina. Se desabroch√≥ el sujetador y se lo quit√≥, luego se llev√≥ las manos a la cintura de las braguitas y se los desliz√≥ por las piernas.

“M√°s lentamente,”

“S√≠, se√Īor.”

Bajó sus bragas.

“D√°melos”.

Rosa así lo hizo. Dios, él puede ver todo ahora, pensó, cubriendo su modestia con sus manos mientras el Maestro Gabriel metía su ropa interior al mismo cajón que su otra ropa.

“Manos a los lados, date la vuelta”.

Rosa se dio la vuelta, con las manos a los lados, para mostrar su trasero desnudo: su carne blanca lechosa estaba cubierta con dos óvalos carmesí.

“Hmmm Rosa, tus mejillas est√°n enrojeciendo muy bien, ahora de nuevo col√≥cate encima de mis rodillas”.

Rosa asumi√≥ la posici√≥n por tercera vez, nada que la protegiera ahora. Pod√≠a sentir su co√Īo presionando directamente contra la tela del muslo del Maestro Gabriel.

El Maestro Gabriel procedi√≥ lentamente como antes, frotando y acariciando como para evaluar el trasero desnudo reci√©n expuesto presentado ante √©l, acostumbr√°ndola al calor de su mano sobre su piel √≠ntima y altamente sensible. Luego, los azotes se reanudaron con m√°s firmeza, acelerando el ritmo con repetidos azotes seguidos, haciendo m√°s fuertes que antes, ahora que estaban con el trasero desnudo. Rosa se sent√≠a cada vez m√°s enredada en la experiencia, el dolor y la excitaci√≥n se mezclaban a partes iguales. Sus jadeos, que hab√≠an sido gritos de indignaci√≥n, ahora eran maullidos m√°s suaves de satisfacci√≥n. ¬ŅPodr√≠a el Maestro Gabriel sentirlo?

“Esta es la parte m√°s intensa de tu castigo. Lo sentir√°s”.

Si supieras la mitad, pensó Rosa, mirando la alfombra, consciente de que detrás de su cabeza su exquisito trasero desnudo estaba recibiendo el tratamiento completo.

Más azotes, un centenar más o menos en total para la tercera ronda, luego el Maestro Gabriel desaceleró su ritmo y retrocedió a un par de palmadas firmes finales, sacudiendo el trasero ahora escarlata de Rosa como para confirmar su posesión sobre él.

“Ahora, lev√°ntate.”

Rosa lo hizo, con dificultad. Se había sumergido tanto en la parte inferior desnuda de las nalgadas que sus piernas habían desaparecido.

“Normalmente ese ser√≠a el final de la sesi√≥n. Pero cometiste dos transgresiones antes, ¬Ņverdad Rosa?”

Rosa inclinó la cabeza. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.

“S√≠”.

“S√≠, Se√Īor”, le record√≥ el Maestro Gabriel, “Bueno, estas cosas siempre encajan mejor en grupos de tres, creo. Son tres transgresiones por las que ahora recibir√°s un castigo. Camina hasta el banco de all√≠ y palpa debajo y tr√°eme lo que encuentres.

Rosa hab√≠a notado el banco cuando entr√≥ en la habitaci√≥n, pero a√ļn no se hab√≠a desplegado. Desnuda, llorosa y excitada, se acerc√≥ al banco, poniendo involuntariamente las manos en el trasero para calmar sus mejillas ardientes.

“Manos a un lado o ser√°s castigado a√ļn m√°s” record√≥ el Maestro Gabriel abruptamente.

El banco estaba cerca del piso, así que para sentir debajo tuvo que agacharse, sintiendo la piel tensarse en sus doloridas mejillas inferiores y el olor de los labios de su vagina separándose ligeramente en su estado de excitación. Palpó debajo del banco y encontró un objeto de madera largo y pensante sujeto a la parte inferior. Rosa supo de inmediato a lo que se enfrentaba.

“No me llaman maestro Gabriel por nada”, d√°melo.

El Maestro Gabriel estaba más cerca de Rosa de lo que pensaba, después de haberla seguido hasta el banco. Se sintió intensamente vulnerable cuando tomó la fusta, de mimbre, marrón dorado y barnizado, del banco y se lo pasó.

“Por tus transgresiones te enfrentar√°s a tres golpes de fusta en tu trasero desnudo, despu√©s de cada golpe lo contar√°s y dir√°s” gracias se√Īor “, ahora acu√©state sobre el banco”.

Rosa podía sentir el cuero suave y terso del banco cuando asumió la nueva posición. Su rostro se superponía al extremo y podía sentir su cuerpo presionando contra la tela. Si no estuviera a punto de enfrentarse a la fusta, podría haberse relajado en esa posición, como si se estuviera preparando para un masaje. Ahora se exhibía toda la longitud de la parte trasera de su cuerpo.

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“Piernas m√°s abiertas”

Rosa obedeci√≥. Estaba tan cachonda que ahora pod√≠a sentir los jugos de su co√Īo en el banco. ¬ŅDejar√≠a un residuo? Qu√© humillante.

“Estos golpes doler√°n”, sonri√≥ el maestro Gabriel mientras flexionaba la fusta un par de veces frente a ella, altern√°ndolo en forma de ‘n’, en lugar de ‘u’.

Rosa hizo una mueca. El tiempo pareció detenerse.

Podía sentir la longitud de la fusta que se aplicaba en la mitad de su trasero, frotando tentadoramente hacia arriba y hacia abajo, luego:

AZOTE DE FUSTA.

Rosa sinti√≥ un dolor punzante, m√°s estrecho y agudo que el que experiment√≥ por los azotes, marcadamente en una l√≠nea a trav√©s de su trasero, luego irradiando a trav√©s de su co√Īo y hasta su columna.

“Un gracias, se√Īor” jade√≥, retorci√©ndose en el banco.

Más frotando y acariciando su trasero con la fusta. Rosa sintió que las endorfinas se precipitaban.

AZOTE DE FUSTA

El segundo golpe fue m√°s duro. Rosa jade√≥ y se retorci√≥ m√°s, su trasero levant√°ndose del banco, luego de regreso, su co√Īo y sus pechos presionando firmemente contra la tela de cuero pegajoso.

“Dos, gracias se√Īor.”

Golpe final. Un e√≥n de expectativa mientras el Maestro Gabriel jugaba con su trasero a√ļn m√°s, frot√°ndolo no solo en su trasero sino en el interior de sus muslos, incluso la punta del bast√≥n giraba tentadoramente alrededor de su agujero inferior, lo que el Maestro Gabriel logr√≥ con la precisi√≥n de un cirujano.

THWAAACCKKK. Los más difíciles guardados para el final. El trasero de Rosa saltó de nuevo, sus piernas se levantaron por reflejo.

“Tres, gracias se√Īor”. Rosa estaba extasiada ahora. La fusta fue la gota que colm√≥ el vaso. Se acost√≥, temblando en el banco, mientras el maestro Gabriel se dirig√≠a de nuevo a su escritorio. ¬ŅAhora qu√©?

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“Algunos cuidados posteriores”. Dijo que, de hecho, su voz era menos severa ahora. Sosten√≠a un peque√Īo tubo de crema que Rosa pens√≥ que era lubricante.

“¬°F√≥llame!” Dijo Rosa en un aturdimiento cremoso. Luego jade√≥.

Ella subió bruscamente. Se había sorprendido a sí misma por su arrebato fuera de carácter. ¡Qué diablos acababa de decir!

“Vete a la mierda”, dijo, mirando a la ruborizada y adolorida mujer desnuda en un estado de mayor excitaci√≥n, present√°ndose a √©l a lo largo del banco. Rosa no pod√≠a verle la cara, pero sonri√≥ para s√≠ mismo.

“¬ŅVete a la mierda? … ¬ŅVete a la mierda? …” Dijo en voz baja y lentamente. Rosa sinti√≥ que su rostro se sonrojaba tan rojo como su trasero. Rosa, cuida tus modales. Disciplina hasta tu trasero desnudo. Hasta aqu√≠ llegamos. Estaba a punto de aplicar esta crema de √°rnica para ayudar a calmar tu trasero, pero puedo ver que esto corre el peligro de ir demasiado lejos. “Vete a la mierda” de hecho, chica impertinente “. Ahora se estaba riendo entre dientes. “Vaya, vaya, estoy dispuesto a someter tu atrevido trasero a otros veinte golpes de fusta para eso.” Camin√≥ lentamente por la habitaci√≥n, pensando. “No, creo que algo m√°s reflexivo para ti ahora Rosa. Ve y qu√©date de pie en la esquina.” Hizo un gesto hacia el borde de la habitaci√≥n, el rinc√≥n m√°s alejado, que daba al escritorio.

Rosa obedeci√≥, humillada. Su verg√ľenza era insoportable ahora. Desterrada a la esquina como una ni√Īa traviesa.

“De cara a la pared,” Rosa se puso de pie con una expresi√≥n rictus, su nariz a cent√≠metros de la pintura.

“Manos en la cabeza, piernas m√°s abiertas”. El Maestro Gabriel golpe√≥ el muslo de Rosa con la fusta. Para asegurar el cumplimiento.

Rosa hab√≠a estado apretando su trasero bru√Īido en un acto de autoprotecci√≥n involuntaria, y separando sus muslos abri√≥ la sensaci√≥n de su trasero expuesto, enrojecido, y su co√Īo todav√≠a hinchado.

“Mant√©n esa posici√≥n y no te muevas”.

Rosa trag√≥ saliva, concentr√°ndose en la peque√Īa parte de la pared que cubr√≠a todo su campo de visi√≥n. Sus ojos estaban llenos de l√°grimas ahora. No pod√≠a ver nada de lo que estaba haciendo el Maestro Gabriel. Oy√≥ la sensaci√≥n de que se abr√≠a un caj√≥n y el crujido de un envoltorio de pl√°stico al quitarse.

“Para expiar esa √ļltima y m√°s grave transgresi√≥n, sostendr√° este jab√≥n en la boca hasta que yo diga y reflexione sobre tu error”. La boca de Rosa se abri√≥ con indignaci√≥n, lo que le dio al Maestro Gabriel la oportunidad de deslizar la pastilla de jab√≥n entre sus dientes. Pod√≠a saborear la textura lechosa y jabonosa y sab√≠a que la sensaci√≥n se convertir√≠a en algo desagradable. El Maestro Gabriel le dio a su trasero un par de azotes de confirmaci√≥n para confirmar su dominio, haciendo que la boca de Rosa se apretara con m√°s fuerza sobre el jab√≥n. Su humillaci√≥n fue completa.

O eso pensaba ella.

Detrás de su espalda, pudo escuchar los pasos del Maestro Gabriel dirigiéndose hacia la puerta, luego la bajada de la manija y el crujido de la bisagra. La estaba dejando sola en la habitación.

Aturdida, Rosa permaneció en posición.

Unos segundos despu√©s, la puerta se volvi√≥ a abrir. Ahora pod√≠a sentir a dos personas en la habitaci√≥n. “Ahora, Silvia, ¬Ņpodr√≠as dejarme esas facturas en el escritorio para que pueda revisarlas, y la agenda de la pr√≥xima semana?, hay algunos puntos que me gustar√≠a marcar. Ah, y hay un peque√Īo trabajo de limpieza”.

Dios m√≠o, se dio cuenta Rosa, es la recepcionista. Dese√≥ en ese instante poder desaparecer a trav√©s de la pared que estaba enfrentando. Se hab√≠a enfrentado el ritual de desnudarse, los azotes, la fusta, incluso el momento de la esquina. Pero eso al menos se hizo solo en la privacidad de la compa√Ī√≠a del Maestro Gabriel. Ahora se enfrentaba a la √ļltima humillaci√≥n de mostrar toda la exposici√≥n de su humillante sumisi√≥n, desnuda en un rinc√≥n, con las manos en la cabeza, el jab√≥n en la boca y el trasero ruborizado en plena exhibici√≥n. Una mise en place disciplinaria ante otra mujer, esa desconocida con la que hab√≠a tratado de ser tan fr√≠a y serena en la recepci√≥n.

Por primera vez pens√≥ en usar su palabra de seguridad y huir. Pero, ¬Ņde qu√© servir√≠a eso? Para empezar, su ropa todav√≠a estaba en el caj√≥n del escritorio. No hay posibilidad de una escapada r√°pida. Adem√°s, al menos esta posici√≥n significaba que su entrepierna a√ļn reluciente y su rostro lloroso estaban de espaldas a la exhibici√≥n p√ļblica. No se atrevi√≥ a moverse, reuniendo todas sus reservas de determinaci√≥n para mantener la pastilla de jab√≥n en la boca, en contacto con la pared como se le orden√≥.

El Maestro Gabriel y su recepcionista se movieron silenciosamente por la habitaci√≥n, hablando de manera pr√°ctica sobre las facturas y los horarios. Estaban ignorando por completo a Rosa, como si fuera un mueble inanimado en la esquina de la habitaci√≥n. Pod√≠a o√≠r los cajones abri√©ndose y cerr√°ndose. El siseo de una botella de spray y el pa√Īo sobre la tela – Oh Dios, no son … s√≠ … pens√≥ … est√°n limpiando los jugos que dej√≥ mi excitaci√≥n en el banco. Se le hizo un nudo en el est√≥mago y sinti√≥ que la degradaci√≥n se filtraba por su cuerpo de la cabeza a los pies. Ninguna mujer con un m√≠nimo de respeto por s√≠ misma se someter√≠a a esto, pens√≥ Rosa, pero aqu√≠ estoy. Aprendi√≥ una valiosa visi√≥n filos√≥fica en esos momentos: no es realmente posible morir de verg√ľenza.

Finalmente, la recepcionista salió de la habitación, pasaron unos minutos más. Rosa podía sentir que el Maestro Gabriel estaba sentado en su escritorio. Tendría una vista completa de su trasero desde allí. La habitación estaba en silencio, lo que le dio a Rosa tiempo para calmarse. Podía sentir el creciente sabor a jabón agrio en su boca mientras escuchaba el zumbido del ruido de la calle seis pisos más abajo. Si no se hubiera fijado en el jabón, habría sonreído ante lo cómico absurdo de su posición: toda esa gente de abajo, tomando café, comprando, haciendo recados. La idea de que muy por encima de ellos, detrás de la fachada del siglo XVIII, una mujer joven estaba castigada en silencio y desnuda en un rincón con una pastilla de jabón en la boca habiendo pagado trescientos euros para que le ampollaran el trasero y lo exhibieran. El rico tapiz de la vida.

Pasaron unos veinte minutos. Finalmente, el Maestro Gabriel se levantó de su escritorio y se acercó a Rosa. El dolor en su trasero y la excitación en su entrepierna habían disminuido ahora.

“Ya veo que has enfriado tus chorros”, dijo el Maestro Gabriel, quitando el jab√≥n de la boca de Rosa como si fuera un mozo quitando el bocado de un caballo.

Rosa no dijo nada. El Maestro Gabriel ten√≠a raz√≥n, el tiempo de la esquina era lo que necesitaba. Le hab√≠a dado tiempo para procesar su verg√ľenza, restaurar el equilibrio en su mente y cuerpo. Quer√≠a echarle los brazos alrededor de √©l y abrazarlo, pero no se atrev√≠a.

“Tu ropa est√° en el escritorio, puedes vestirte”.

Rosa se sintió aliviada de que no hubiera un giro final en su terrible experiencia. Ella estaba lista para irse ahora.

“Gracias Se√Īor.” Su boca se sent√≠a acre por el jab√≥n, se sent√≠a tranquila pero vulnerable, y si el Maestro Gabriel la hubiera tomado en sus brazos y la hubiera abrazado, ella se habr√≠a entrelazado completamente en su abrazo.

“Mi trabajo est√° hecho, puede que te liberen”. Dijo el Maestro Gabriel, sonriendo y entreg√°ndole una peque√Īa botella de agua para que pudiera enjuagar el jab√≥n.

En contraste con el boato de su anterior desnudez, Rosa volvi√≥ a ponerse la ropa r√°pidamente. El Maestro Gabriel la felicit√≥ por lo bien que hab√≠a recibido su castigo, lo que la emocion√≥ por dentro. En el fondo, era una colegiala necesitada que ansiaba los elogios de su maestro. Una gracia salvadora: Silvia, la recepcionista, no estaba en el escritorio cuando se fue. ¬ŅDe verdad hab√≠a venido para presenciar el momento m√°s humillante de su sumisi√≥n? ¬ŅLo hab√≠a imaginado?

Rosa no fue directamente a casa. Se detuvo en los ba√Īos de se√Īoras en el Corte Ingl√©s para aplicarse la crema de √°rnica en su trasero. Mientras lo hac√≠a, su excitaci√≥n regres√≥ y termin√≥ en la privacidad del cub√≠culo. Cu√°nto m√°s potente habr√≠a sido si el Maestro Gabriel hubiera hecho el trabajo √©l mismo cuando ella todav√≠a estaba acostada sobre el banco.

La semana siguiente en el trabajo, en medio de la ronda habitual de documentos legales, hojas de c√°lculo, fusiones y adquisiciones y reuniones, Rosa volvi√≥ a su ropa de oficina normal y asumi√≥ su posici√≥n habitual como modelo de mujer de carrera del siglo XXI. Su trasero todav√≠a le dol√≠a, por supuesto, como un recordatorio de su sesi√≥n con el Maestro Gabriel, lo que le dio mucho en qu√© pensar. ¬ŅQu√© sigue?

Cumple con tus fantas√≠as sexuales, si algo te ronda por la cabeza, ll√©valo a cabo. Con cuidado y con la certeza de poder parar cualquier juego sexual en todo momento, d√©jate llevar. Si tienes cualquier duda, puedes contactar con nosotros para ayudarte a despejar dudas [email protected]

 

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